La montaña también sabe decir: hoy no.
Hay momentos en los que seguir adelante es un acto de carácter.
Y hay otros en los que detenerse también lo es.
Quizá el problema sea que no siempre resulta sencillo distinguirlos.
Imagina a un caminante que ha decidido subir una montaña.
Comenzó temprano. Preparó su mochila, estudió la ruta y emprendió el ascenso con entusiasmo.
Las primeras horas fueron agradables. El camino era exigente, pero podía avanzar.
Después apareció el cansancio.
Las piernas comenzaron a pesar. La respiración se hizo más profunda y aquella voz que todos conocemos apareció silenciosamente:
Ya fue suficiente.
Podría regresar.
Nadie se lo reprocharía.
Pero mira hacia arriba, recuerda por qué comenzó y decide continuar.
Un paso más.
Después otro.
Y otro.
Eso es perseverancia.
No significa que no esté cansado.
Significa que el cansancio no decide automáticamente por él.
Cuando cambia la montaña
Horas después sucede algo diferente.
El cielo comienza a oscurecerse.
El viento aumenta.
La temperatura cae.
A lo lejos se escucha una tormenta.
Nuestro caminante vuelve a mirar hacia la cima. No parece estar demasiado lejos.
Podría continuar.
Después de todo, ha trabajado mucho para llegar hasta ahí.
Ha invertido tiempo, esfuerzo y energía.
Y quizá aparece otra voz:
No puedes abandonar ahora.
Pero esta vez no es el cansancio quien habla.
Es la montaña.
Las condiciones han cambiado.
Y aquello que hace unas horas requería perseverancia ahora necesita algo diferente.
Prudencia.
El caminante se detiene.
Observa.
Evalúa.
Y finalmente decide regresar.
No porque haya dejado de querer llegar a la cima.
No porque sea débil.
No porque todo el esfuerzo anterior haya sido inútil.
Regresa porque comprende algo importante:
seguir avanzando no siempre significa seguir en la misma dirección.
La perseverancia también puede convertirse en terquedad
Nos han enseñado muchas veces a no rendirnos.
No abandones.
Sigue intentándolo.
Los que perseveran alcanzan.
Y hay mucha verdad en esas palabras.
Muchas cosas importantes se pierden porque abandonamos demasiado pronto.
Un proyecto apenas comienza a encontrar dificultades y pensamos que no funcionará.
Intentamos aprender algo, no obtenemos resultados inmediatos y concluimos que no tenemos capacidad.
Damos unos cuantos pasos y, como todavía no vemos la cima, regresamos al valle.
Para esos momentos necesitamos perseverancia.
Pero existe otro riesgo del que hablamos mucho menos:
continuar demasiado tiempo solamente porque ya hemos comenzado.
Hay proyectos que necesitan modificarse.
Relaciones que necesitan límites.
Caminos que dejaron de conducir hacia aquello que valoramos.
Estrategias que funcionaron durante años y ya no funcionan.
Incluso sueños que alguna vez tuvieron sentido y que quizá ya no pertenecen a la persona en la que nos hemos convertido.
Seguir únicamente porque hemos invertido mucho puede parecernos perseverancia.
Pero no siempre lo es.
A veces es miedo a aceptar que necesitamos cambiar.
Dos virtudes conversando
Quizá perseverancia y prudencia deberían caminar juntas.
La perseverancia pregunta:
¿Estoy abandonando solamente porque esto se volvió difícil?
La prudencia pregunta:
¿Seguir adelante continúa teniendo sentido?
Una evita que huyamos ante la primera dificultad.
La otra evita que confundamos resistencia con sabiduría.
Una nos recuerda nuestros compromisos.
La otra observa la realidad.
Una dice:
Un poco más.
La otra puede decir:
Por aquí ya no.
Y necesitamos escuchar a ambas.
Porque la perseverancia sin prudencia puede convertirse en obstinación.
Pero la prudencia sin perseverancia también puede convertirse en una magnífica colección de razones para abandonar cada vez que algo se pone difícil.
El carácter quizá no consista en elegir una de las dos.
Consiste en aprender qué virtud necesita conducir en cada momento.
Regresar no borra el camino recorrido
Imaginemos nuevamente a nuestro caminante.
Está bajando.
La cima quedó pendiente.
Pero algo ha cambiado.
Ahora conoce mejor la montaña.
Sabe cuánto puede avanzar.
Descubrió dónde comienza a faltarle energía.
Reconoció parte del camino.
Quizá mañana necesite otro equipo.
Tal vez deba comenzar más temprano.
Puede que incluso descubra una ruta diferente.
Nada de lo aprendido desapareció porque decidió regresar.
Y quizá esto también ocurra en nuestra vida.
Detenernos no siempre significa empezar de cero.
Cambiar de estrategia no elimina lo aprendido.
Renunciar a un camino tampoco significa necesariamente renunciar a nuestra dirección.
Algunas veces regresar forma parte de continuar.
Saber cuándo
Probablemente nunca exista una fórmula perfecta para distinguir cuándo perseverar y cuándo detenernos.
Por eso necesitamos aprender a observarnos y observar la realidad.
¿Quiero abandonar porque estoy cansado, frustrado o asustado?
¿O las condiciones realmente han cambiado?
¿Necesito un esfuerzo más?
¿O necesito una estrategia diferente?
¿Sigo caminando hacia algo que valoro?
¿O solamente continúo porque me cuesta aceptar todo lo que ya invertí?
Son preguntas incómodas.
Pero quizá precisamente ahí comienza la prudencia.
Porque vivir con carácter no significa avanzar siempre.
Significa aprender a elegir bien cuándo avanzar, cuándo esperar, cuándo cambiar de camino y cuándo detenernos.
La perseverancia nos ayuda a no abandonar demasiado pronto.
La prudencia nos ayuda a reconocer cuándo es momento de detenernos.
Y quizá la verdadera sabiduría esté en conseguir que ambas caminen juntas.
Porque algunas veces el siguiente acto de valentía será dar otro paso hacia la cima.
Y otras, mirar la montaña, aceptar lo que tenemos delante y decir:
Hoy regreso.
La cima seguirá ahí mañana.