Cuando la obra también transforma al escultor.

Hay una imagen que últimamente vuelve con frecuencia a mi mente: la del escultor frente a un bloque de piedra.

 

Me gusta imaginarlo observándolo antes de comenzar. Tiene una idea de lo que quiere crear, quizá incluso puede visualizar algunas formas, pero todavía hay mucho que no sabe. La figura no está terminada en su cabeza. Tendrá que descubrirla mientras trabaja.

 

Da un golpe.

 

Se detiene.

 

Observa.

 

Quita un poco más de piedra.

 

Vuelve a mirar.

 

Y poco a poco comienza a aparecer algo que al principio apenas podía imaginar.

 

Últimamente he pensado que crear un proyecto se parece mucho a eso.

 

Durante años he desarrollado cursos, talleres, programas y contenidos. Algunos nacieron de una idea bastante clara; otros comenzaron simplemente con una pregunta, una inquietud o la sensación de que había algo que valía la pena explorar.

 

Estoy viviendo nuevamente ese proceso.

 

Hay una idea que me entusiasma y sobre la que llevo tiempo trabajando. Cuando comencé creía saber bastante bien hacia dónde quería llevarla. Tenía conceptos, una estructura inicial, lecturas, experiencias acumuladas durante años y, sobre todo, muchas ganas de construir algo que pudiera resultar valioso para otras personas.

 

Pero trabajar en ella me ha enseñado algo que quizá debería haber sabido desde el principio:

 

una cosa es imaginar una obra y otra muy distinta construirla.

 

Cuando empiezas a trabajar aparecen preguntas que no estaban en el proyecto original.

 

Algunas ideas que parecían fundamentales pierden importancia.

 

Otras, casi inadvertidas al principio, comienzan a ocupar un lugar central.

 

Hay momentos de entusiasmo en los que parece que todo encaja.

 

Y también momentos de duda.

 

¿Voy por el camino correcto?

 

¿Estoy complicando algo que debería ser sencillo?

 

¿Falta algo?

 

¿Estoy quitando demasiada piedra?

 

¿O todavía no he quitado suficiente?

 

Supongo que todo creador conoce de alguna manera esas preguntas.

 

Durante mucho tiempo pensé que tener dudas podía significar que algo no estaba suficientemente claro. Hoy empiezo a verlo de otra manera.

 

Quizá las dudas no siempre indican que estamos perdidos.

 

A veces simplemente indican que estamos trabajando.

 

El escultor también necesita alejarse de la piedra para observarla desde otro ángulo.

 

No todo se resuelve golpeando.

 

Hay momentos para trabajar y momentos para mirar.

 

Momentos para avanzar y momentos para preguntarnos qué está apareciendo frente a nosotros.

 

Eso es algo que estoy aprendiendo.

 

También he descubierto la importancia de escuchar.

 

Cuando una idea comienza a encontrarse con otras personas deja de pertenecernos completamente. Las preguntas que hacen, aquello que comprenden, lo que les resulta confuso e incluso aquello con lo que no están de acuerdo puede ayudarnos a mirar nuestra propia creación desde lugares que no habíamos considerado.

 

A veces uno defiende demasiado pronto aquello que creó.

 

Quizá porque confundimos corregir la obra con cuestionar al creador.

 

Pero una obra puede mejorar precisamente porque estamos dispuestos a escuchar lo que todavía necesita.

 

Hay una diferencia entre defender una idea y escuchar para mejorar una idea.

 

Estoy intentando aprender esa diferencia.

 

Y no siempre es cómodo.

 

Hay observaciones que entusiasman porque confirman lo que imaginábamos. Otras incomodan porque muestran algo que no habíamos visto.

 

Pero si realmente queremos que una creación crezca, necesitamos estar dispuestos a escuchar ambas.

 

Crear también exige humildad.

 

La humildad de reconocer que nuestra primera versión probablemente no será la mejor.

 

La humildad de cambiar algo que nos gustaba.

 

La humildad de aceptar que todavía no tenemos todas las respuestas.

 

Y, quizá más difícil todavía, la humildad de permitir que aquello que estamos construyendo termine siendo diferente de lo que habíamos imaginado.

 

Eso no significa trabajar sin dirección.

 

El escultor necesita una intención.

 

Pero intención no significa rigidez.

 

Hay que saber qué queremos expresar y, al mismo tiempo, permanecer suficientemente abiertos para descubrir mejores maneras de hacerlo.

 

Creo que ahí estoy ahora.

 

Construyendo.

 

Probando.

 

Leyendo.

 

Conversando.

 

Corrigiendo.

 

A veces avanzando con mucha claridad y otras deteniéndome durante un rato frente a la piedra.

 

Y, curiosamente, estoy disfrutando mucho el proceso.

 

Porque comienzo a comprender que crear no consiste únicamente en llegar al resultado final.

 

También consiste en convertirse en la persona capaz de construirlo.

 

Cada duda obliga a pensar mejor.

 

Cada error enseña algo.

 

Cada conversación abre una posibilidad.

 

Cada corrección afina la mirada.

 

Y entonces ocurre algo que no había considerado suficientemente:

mientras el escultor transforma la piedra, la piedra también transforma al escultor.

 

Tal vez cuando este proyecto esté terminado —si es que una obra de este tipo alguna vez puede considerarse completamente terminada— será distinto de aquello que imaginé al principio.

 

Yo también lo seré.

 

Y quizá esa sea una de las partes más hermosas de crear.

 

Comenzamos intentando darle forma a una idea y, sin darnos cuenta, la experiencia de construirla también comienza a darnos forma a nosotros.

Hoy todavía estoy frente a la piedra.

 

Hay partes de la figura que puedo ver con claridad y otras que apenas comienzo a descubrir.

 

Y está bien.

No necesito verla completa para continuar.

 

Solo necesito mirar con atención, aprender de cada golpe y tener la paciencia suficiente para permitir que la obra vaya apareciendo.

 

Porque quizá crear no consista en saber exactamente qué queremos construir desde el principio.

 

Quizá consista en aprender a reconocer, mientras trabajamos, aquello que poco a poco está intentando aparecer.